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Provincia

Menonitas de San Luis: una tarde en la colonia El Tupá de Nueva Galia

Los visitamos para entender sus hábitos y formas de vida actuales, según los cánones del siglo XVI.
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Crédito: La Nación
María Friesen, de 11 años, corre entre la moha.
María Friesen, de 11 años, corre entre la moha.

En dirección al sur de San Luis, el paisaje cambia. Atrás quedó la ciudad capital, y delante, campos de maíz y girasol. No hay más piedra ni sierras, sólo llanura y siembra. Vamos por la autopista 148, en paralelo y a un par de kilómetros del límite con La Pampa. Nuestro destino es la colonia menonita El Tupá, a unos minutos de un pueblo con casino, en un cruce de rutas, llamado Nueva Galia.

El camino sale a la izquierda y tiene cartel de bienvenida. Peter Knelssen es mi contacto y recibí por WhatsApp su ubicación; buena señal: los menonitas de San Luis son “de avanzada”. Hace dos años visité la colonia menonita Las Delicias, en Santiago del Estero, y nadie usaba celular, estaba prohibido.

Lorenzo Logan trabaja la madera y viene de otro sector de la colonia.
Lorenzo Logan trabaja la madera y viene de otro sector de la colonia.

Cuando llegamos hasta la casa de Peter, uno de sus hijos se asoma por curiosidad, con timidez. Le preguntamos por su papá y nos dice –entre señas y con acento extranjero– que está en el campo. Al rato aparece Knelssen, que no usa jardinero, sino jean y camisa. A mí se me hace imposible evitar la comparación: en Santiago del Estero todos usaban jardinero. Sí lleva una gorra tipo cup, y la clásica camisa a cuadros de los menonitas. En la puerta de su casa hay, además, unas botas texanas.

Tras la bienvenida de rigor, con apretón de manos y sin barbijo –no veré a nadie con barbijo en toda la jornada–, Peter nos dice que está esperando a Johan Friesen, que, junto con él, es jefe de esta colonia. Cuando el hombre llega, la charla empieza en el galpón de la chacra de Peter. “Vinimos hace siete años de la colonia Santa Rita de Cuauhtémoc, Chihuahua, México, cerca del DF”, cuenta el dueño de casa, que habla fluido el español, aunque tenga algo de acento. Dice que cuando llegaron las primeras familias acá no había luz, ni nada. Era un campo que se llamaba El Tupá y, por eso, le quedó el nombre a la colonia, que además conserva el de “Santa Rita”.

En la cocina de su casa, Nela, la esposa de Peter Knelssen, con dos de sus hijas.
En la cocina de su casa, Nela, la esposa de Peter Knelssen, con dos de sus hijas.

Johan agrega que en México la situación estaba difícil. “La vida es muy cara. Yo trabajaba en una ferretería y no quería ser más empleado. Quería tener algo propio”, revela y se le escapa algún “ahorita” azteca. De todas maneras, ambos coinciden, el problema más grande en México era la droga, había mucha violencia. “Me vine con 14.000 dólares. Gasté buena parte en mi ‘ranchera’; me puse a trabajar como metalúrgico y me va bien. Tengo 20 hectáreas”, cuenta Johan, que está casado y cría cuatro hijos. Peter, en tanto, compró 80 hectáreas y se dedica al campo. Tiene vacas y siembra. Lo más común por estos lados es el maíz, la moha (Setaria italica) o mijo menor, y el sorgo. También está casado y tiene cinco hijos.

Johan Friesen en el jardín de invierno donde tiene su huerta.
Johan Friesen en el jardín de invierno donde tiene su huerta.

Con el único afán de mostrarnos cómo viven, Peter nos llevará a recorrer la colonia en camioneta. Cuenta que a 40 km de donde estamos se está por instalar otro grupo también proveniente de México. Ya compraron los campos. Los menonitas –seguidores de los preceptos del reformista Menno Simons (1496-1561)– están distribuidos por Holanda –donde nacieron–, Alemania, Canadá –en Alberta y Ontario–, Estados Unidos, México, Colombia, Bolivia y Argentina; en este caso, en La Pampa y Santiago del Estero. Peter tiene a sus padres y hermanos entre México y Colombia. Este último verano voló́ a visitarlos con su familia, después de seis años sin verlos. Además, tiene parientes en las otras colonias de nuestro país.

Henrich y Jacobo trabajan en una de las metalúrgicas de la colonia El Tupá.
Henrich y Jacobo trabajan en una de las metalúrgicas de la colonia El Tupá.

En esta comunidad son alrededor de 500 personas, que es igual a 70 familias. A Peter y a Johan los votaron para que fueran los líderes de la colonia. Son los hombres casados quienes votan, pero ninguno participa de las elecciones nacionales. Tienen DNI por cuestiones burocráticas y laborales. Es una sociedad en la que el trabajo prima sobre el estudio; la carpintería, la metalurgia, la elaboración del queso, el campo son las actividades principales. La lengua que los une es el plattdeutsch, una lengua de origen prusiano, específica de las tierras llanas (de ahí “platt”) del centro y norte de Alemania y Holanda, mal llamada bajo alemán. En cuanto al aprendizaje del español, tiene un fin puramente laboral.

De oficio en oficio

En el almacén, una mujer está detrás del mostrador con una criatura de meses en brazos y dos niñitas que se asoman por detrás de una góndola. No entiende una palabra de español, pero Peter advierte que puede saber algo de inglés, porque sus padres llegaron de una colonia norteamericana. Se llama Anganeta, y con docilidad posa para la lente de Diego –el fotógrafo– junto a la beba y sus otras dos chiquitas, que son rubias y de ojos claros. Después de la foto, cuando Peter se acerca al mostrador con dos bebidas saborizadas, Anganeta agarra un sobre con el apellido Knelssen, saca de adentro un papel tipo comanda y anota la compra que a fin de mes se hará efectiva. “De Argentina también vienen a comprar al almacén. Hay buenos precios”, dice Peter, en alusión a “los de afuera”.

En el almacén de la colonia las compras se pagan a fin de mes.
En el almacén de la colonia las compras se pagan a fin de mes.

Cuando nos subimos de nuevo a la camioneta, vuelvo a comparar esta colonia con la de Santiago del Estero, donde está prohibido manejar vehículos a motor y se mueven en sulky. “Son colonias más tradicionales. No me parece que esté bueno no usarlos. Es muy útil. Sí me parece que podríamos no usar el celular, aunque es necesario”, reflexiona Peter, y agrega que no tienen wifi, sólo señal de teléfono. Coincidimos en que la hiperconectividad puede ser sumamente dañina.

Helena Raimer, que es madre de cinco niños, corta el pasto en su casa.
Helena Raimer, que es madre de cinco niños, corta el pasto en su casa.

“Los niños van a la escuela en la comunidad y no los separan por grados. Van hasta los 12 años. Cuando terminan, los varones aprenden a trabajar, y las niñas hacen las cosas de la casa, con sus madres. Cocinan y confeccionan ropa, por ejemplo”, cuenta Peter mientras pasamos por una casa donde Helena Raimer, que es madre de cinco niños y cuñada de Johan, corta el pasto con un tractorcito. Las ventanas de su casa son chiquitas y el techo de chapa, a dos aguas, como todas las casas en la colonia, que pueden ser de hormigón, de madera o de ladrillo. En algunas calles, hay tendido eléctrico; en otras, energía por paneles solares.

Anganeta, a cargo del almacén de la colonia, junto a sus hijas.
Anganeta, a cargo del almacén de la colonia, junto a sus hijas.

Avanzamos por la calle 1. Aquí, las calles van hasta el número 6, en un predio que forma un rectángulo. En muchos sectores, al costado de los caminos no hay alambrados, a pesar de la siembra. Dicen que no hace falta. El problema parece ser el jabalí. Donde no hay plantaciones se ven montes de caldén y de algarrobo.

Llegamos a lo de Johan, que muestra orgulloso su huerta con pepino, tomate, lechuga y frutilla. Cría chanchos y vacas lecheras. María, su hija de 11 años, corre entre la moha. En la casa, su esposa prepara conservas y nos regala un frasco de chile jalapeño para Diego y pepinillos con eneldo para mí. Todo muy mexicano, para paliar el desarraigo. ¿Toman mate? Peter, poco. Johan, sí, pero toma más tereré.

Arnoldo Hiebert es el gerente de una quesería de la colonia.
Arnoldo Hiebert es el gerente de una quesería de la colonia.

Seguimos por la ferretería, que además es corralón de materiales y metalúrgica. La atienden Henrich y Jacobo, que paran media hora para almorzar, nada más. Tampoco usan jardinero –le dicen pechera–, y me entero de que sólo el obispo y el ministro lo usan. Sonríen para la foto, y además se ríen. “Acá, los hombres se casan entre los 18 y los 22 años”, cuenta Peter. “Los jóvenes, chicos y chicas, se reúnen los domingos, después de la iglesia; van a la casa de alguno”, explica. Y añade: “Las bodas empiezan un sábado; el domingo se comunica la celebración en la colonia; durante la semana, los novios conocen a los familiares, y al domingo siguiente se consuma la ceremonia en el templo. Después, los novios se van a vivir juntos”. Peter suma otro dato, y es que también se casan por civil, después de hacerlo ante Dios; son parte de la iglesia Old Colony, que es una rama del movimiento anabaptista que los congrega. Creen en Jesús, en el Espíritu Santo y en Dios; van a la iglesia desde que tienen 13 años y se bautizan a los 18, poco antes de casarse. Nadie de esta comunidad se fue para contraer matrimonio con alguien “de afuera”, pero “en México pasa más que se casen con un mexicano”.

A la pregunta de si se practica algún tipo de control de natalidad, Peter aclara que “algunas mujeres usan pastillas anticonceptivas, pero no hablan de eso”. Los bebés nacen en los hospitales de Villa Mercedes o de San Luis, y los hombres las ayudan para comunicarse con el obstetra, porque pocas hablan español. No es frecuente, pero cuando la concepción sucede “antes de tiempo”, la pareja se casa rápido.

La carpintería suele ser otra de las ocupaciones clásicas de los menonitas
La carpintería suele ser otra de las ocupaciones clásicas de los menonitas

Camino a la quesería, Diego quiere saber cómo se entretienen los menonitas; si escuchan música, por ejemplo. “Poca, bastante religiosa”, es la respuesta. No bailan, no ven televisión ni películas. En general, tampoco leen, excepto la biblia. En la fábrica de queso, nos recibe Arnoldo Hiebert, el gerente, y con él hacemos una recorrida por la cámara de frío. Una mujer limpia los mostradores. Acá se usan unas cinco toneladas diarias de leche para elaborar patagrás, sardo y quesos saborizados. Hay seis empleados, y trabajan de siete y media de la mañana a 12 del mediodía.

Helena y Susana Neudorf van a la escuela en la colonia.
Helena y Susana Neudorf van a la escuela en la colonia.

De este mundo lácteo pasamos a la chacra de Peter. Primero nos lleva al corral donde tiene las vacas y nos habla de su trabajo; luego nos permite entrar a su casa, donde su mujer prepara la cena. Avanzamos por el comedor, que está integrado a la cocina; nos disculpamos por la interrupción, y le agradecemos la delicadeza de mostrarnos la biblia infantil, que estaba abierta sobre la mesada donde hace el pan.

Los menonitas hacen tareas de metalurgia.
Los menonitas hacen tareas de metalurgia.

La última etapa es la carpintería, donde funciona otra metalúrgica. Al mando está David Neudorf, que tiene su casa al lado, como la mayoría de los dueños de un negocio. También usa jean y camisa cuadrillé, con botas tipo texanas. Isaac, su hijo de 12 años, lleva puesto un sombrero de corte vaquero, y pinta de gris unas cabreadas de hierro. Henrich, Helena y Susana –la única argentina de la familia– son sus otros hijos y dan vueltas por ahí́. Además, están los empleados. Lorenzo, que barniza maderas, y Jacobo, que me llama la atención porque, en lugar de camisa, usa remera. “Es de la colonia, pero de Santa Clara. Otro sector que profesa otra religión”, me explican. Entonces me convenzo de que, para comprender a fondo el día a día de la vida menonita, una tarde no es suficiente.

Peter Knelssen se dedica al campo y es el jefe de la comunidad con Johan Friesen.
Peter Knelssen se dedica al campo y es el jefe de la comunidad con Johan Friesen.

Fuente: La Nación

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