Los gritos y llantos en plena madrugada llamaron la atención de los vecinos del barrio Escorihuela, en Guaymallén (Gran Mendoza). Provenían de la casa que Mónica Outeda, quien había tomado la decisión de echar de la vivienda a José Patricio Molina, pareja de su hija, Mayra Soledad Bueno.

Cuando la fuerte discusión ya llevaba una hora y el acuerdo era imposible, el hombre de 39 años con antecedentes por violencia de género y otros delitos, enfureció. Tomó un caño y comenzó a golpear a su suegra hasta matarla. Con el mismo elemento y la misma saña asesinó a su novia. Y para no dejar testigos, le pegó a Lautaro Vega, el pequeño hijo de 6 años de Bueno, y lo estranguló hasta quitarle la vida.

Tras la masacre, Molina quiso ocultar las evidencias e incendió la casa ubicada en calle Barcelona antes de escapar en su Chevrolet Astra. Recién cerca de las 3 de la madrugada, cuando notaron que los gritos habían cesado pero desde la casa de Outeda (51) salía humo, los vecinos llamaron al 911 y avisaron que una vivienda se estaba prendiendo fuego y que podía haber personas en su interior. En efecto, los bomberos llegaron, comenzaron a combatir las llamas y al ingresar se encontraron con los cuerpos sin vida de las dos mujeres y el niño.

No hicieron falta demasiados análisis para comprobar que las víctimas no habían muerto por inhalación de monóxido de carbono: las marcas de los golpes en sus cuerpos fueron suficiente para confirmar que se trataba de un triple crimen. Tampoco fue muy difícil colocar como principal sospechoso a Molina, a quien algunos testigos vieron saliendo de la casa antes del incendio con un par de bolsos que ya estaban armados porque las mujeres le habían exigido que se fuera.

La Policía comenzó a buscarlo y Molina comenzó a sentirse acorralado y sin salida. “Me mandé una cagada”, le confesó a su ex pareja, la misma que en el pasado lo había denunciado por violencia de género y amenazas. Fue a visitarla a su lugar de trabajo pero no estuvo demasiado tiempo. Luego le avisó a través de WhatsApp que pensaba en quitarse la vida. Eso hizo: fue a la casa de su hermana y se colgó con una cuerda de un caño que atravesaba el patio. Cuando lo encontraron, tenía signos vitales débiles. Murió al llegar al hospital Central de la capital.

Los informes médicos forenses preliminares confirmaron que Molina se ensañó particularmente con su suegra, quien sufrió varias heridas en diferentes sectores del cuerpo producidas con un elemento contundente terminado en punta. La principal lesión la presentaba en la base del cráneo. Mientras que Bueno tenía lesiones en la cabeza y en el tórax – producidas con el mismo objeto que utilizó el atacante – y en el caso del niño se detectaron golpes y marcas en el cuello, coincidentes con un estrangulamiento.

“Estamos ante un triple homicidio de una mujer, su hija y un menor, los tres recibieron muchos golpes y presentan lesiones”, dijo la fiscal de homicidios Claudia Ríos, quien llevó adelante la investigación.

Este fue el trágico desenlace de una historia que comenzó a mediados del año pasado cuando Molina y Bueno comenzaron una relación. Él trabajaba como remisero y llevó en varias ocasiones a la maestra al jardín maternal Madre María, del barrio Cocucci. “Se mostraba amoroso y ella estaba contenta”, dijeron las compañeras de la docente de 25 años.

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