Conexiones. Un intento para evitar la separación de su mujer y, luego, el llanto de su hijo llevan al autor, hoy de 40 años, a reflexionar sobre cuatro interrupciones de embarazos que habían quedado en el pasado.

En un intento por salvar un matrimonio en crisis, poco después del nacimiento de nuestro primer hijo, asistí a una sesión de terapia alternativa conocida como “Constelaciones familiares”, que me recomendó una amiga aficionada al yoga y a estar en paz con el universo. Eso fue antes de que acudiera a la psiquiatría y al psicoanálisis, recomendados familiares mucho menos espirituales y más conflictivos.

Lo primero que la experta en constelaciones me pidió hacer fue ubicar sobre su escritorio, aleatoriamente, unos muñequitos de diferentes colores y tamaños, tipo Lego, que yo debía escoger de dentro de una bolsa.

Como si tirara una baraja de cartas, la idea era ver qué significaba la posición que yo le deba a cada muñequito con respecto a la que escogiera para mí. Algunos quedaron por delante, otros por detrás, unos más cerca, otros más lejos. Pero lo que más le sorprendió a la terapeuta fue el tamaño del muñeco que escogí para representar a mi único hijo.

Le pareció muy grande y eso le indicaba –me dijo– que yo no era muy consciente de que tenía a cargo a un recién nacido. Me consolé pensando que agrandar el tamaño relativo de mi hijo podía ser una forma de hacerlo más consciente, más cercano, más visible (si es que hacía falta). Me protegí diciendo que también podía ser una forma de alejarme de su vulnerabilidad, como si fuera algo que yo pudiera dañar. Y me excusé aceptando que tal vez lo estaba agrandando a causa de mi cobardía.

Luego la terapeuta me preguntó si tenía problemas de dinero y yo, que me empeñaba en vivir de escribir, agaché la cabeza. Entonces, como si hubiera sumado dos más dos en una calculadora intergaláctica y estuviera a punto de darme un diagnóstico astral, me preguntó algo que no me esperaba:

–¿Has abortado?

¿Qué tenía eso que ver con el hecho de que yo no sintiera deseo de convivir con la familia que yo mismo había creado? No es que ella hubiera descubierto de repente mi secreto más profundo, pero tampoco era algo que me hiciera feliz hablar con una desconocida; sin embargo, asentí, movido por la curiosidad de saber lo que mi respuesta generaría en la disposición de mis constelaciones.

–Es muy típico de las personas que se hacen autoboicot económico –me dijo–. Pagan sus abortos con fracasos. ¿Cuántos?

Dudé. Nunca había oído hablar de “autoboicot económico”.

–Unos cuatro –dije y luego intenté justificarlos con precisión–: ocurridos más o menos en una década, entre los quince y los veinticinco años.

–Debes ubicarlos con el resto de tus familiares. Esos seres todavía existen y debes darles un nombre y traerlos a tu vida nuevamente.

En la bolsa no había muñequito que representara bien la fragilidad de ese pasado. Muy consciente esta vez, escogí los más pequeños que vi, les di sexo y nombre y calculé las edades que tendrían. Todos era hijos de distintas madres. Pensé que la mayor sería una mujer de unos veinte años; luego un muchacho de unos diecisiete; y le seguían un par de adolescentes de unos quince y catorce años, quizás una parejita.

–Pídeles perdón y diles que honras sus vidas y que pueden descansar. No eres un padre primerizo, tu hijo recién nacido es el quinto. En su momento debes decírselo –dijo ella alineando todos los astros a mi favor.

El mismo procedimiento se repitió con los demás muñecos de la mesa; es decir, honré la vida de cada uno de mis familiares, me disculpé y los dejé descansar. La terapeuta me dijo que me fuera y que si todo marchaba bien no había necesidad de que volviera. Eso fue pura terapia exprés. Pero al final, en mi cabeza, todo el dilema de rescatar o no un matrimonio quedó orbitando en torno unas muertes prematuras y a un autocomplot en mi contra. Sin contar que mi confesión estelar me enviaba al agujero negro de ser un asesino en los ojos de las mentes más puritanas y menos desorbitadas.

Puedo decir en mi defensa que la lucha por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres fue una cátedra que empecé a recibir desde muy niño. Las cartillas de educación sexual se confundían con los cuentos de hadas en el mismo estante de la biblioteca de mi casa. También me di cuenta desde muy temprano que podía ser rechazado por lo que había aprendido y visto con mi familia. Un hogar en el que mi mamá y mis tías andaban desnudas, sin ningún asomo de vergüenza por sus cuerpos; donde se hacían reuniones de mujeres en las que hablaban y discutían sobre su autonomía y ellas mismas se hacían autoexámenes para conocerse. Cuando empezó mi adolescencia, la mayor de mis tías, combativa líder feminista de mi ciudad, me regaló una caja de condones.

Perdí mi virginidad usando condón. Y lo usé siempre que no hubo otro método anticonceptivo involucrado. A mis primeras novias las acompañé a iniciarse en el uso de la píldora, a veces a escondidas de sus padres. Quizás por eso algún lector se pueda sorprender de que no hubiera pensado antes en esos abortos. Que haya embarazos no deseados no es solo un problema de una mala o carencia de educación sexual. Pueden ocurrir también con exceso de información (y a cualquier edad). Ningún método es infalible y siempre se pueden mezclar muchos factores: exceso de confianza, descuido, imprecisiones o mal uso del condón o las pastillas, por nombrar algunos casos.

El respeto por las decisiones que las mujeres tomaran con sus cuerpos fue un ingrediente fundamental de la papilla con la que me alimentaron. Que los hijos eran una elección y no un acto divino era una especie de credo familiar que a mí me parecía natural promover y compartir con los demás. Nunca dudé en contar con mis padres cuando participé de la decisión de interrumpir esos embarazos no deseados. Su apoyo fue incondicional y nunca pesó sobre mí ningún reproche. Tenía, eso sí, que hacerme responsable de mis actos y acompañar a mis parejas en sus decisiones.

Al salir de mi encuentro con las constelaciones, recordé aquellas novias de mi pasado a las que había amado y que me habían amado y con las que decidí no convertirnos en padres. Tuve deseos de volverlas a ver, de charlar un rato. Una de ellas moriría de un cáncer pocos meses después de esa sesión de terapia, aún muy joven. A las otras las podía localizar, aunque no había hablado con ellas en años. Sólo una se había casado, tenía un hijo y vivía en otra ciudad.

Supuse que ninguna se arrepentía de lo que hicimos, como no me arrepentía yo mismo. Aquellas decisiones las recuerdo como el resultado de una conciencia juvenil compartida, con cierto grado de lucidez. Muchas mujeres prefieren tomar este tipo de decisiones sin decírselo a nadie. Temen ser juzgadas. Muchos hombres preferirían no saberlo o las condenarían sin dudarlo. Yo estuve presente en el instante en que cada una dejó de ser madre y estaba seguro de que no había rencor.

Las constelaciones, por primera vez, me hicieron sentir cierto pesar, o temor, por la influencia que ese pasado pudiera tener en mi relación actual con mi hijo. Me inquietaba pensar que él fuera el quinto y que el tamaño desmedido del muñeco que escogí para representarlo fuera una cuestión de edad acumulada. Como si esas previas concepciones hubieran envejecido a mi hijo dentro de mí, o incluso a mí mismo. Una vejez interior que no me permitía ver o aceptar esta nueva infancia delegada en mi hijo recién nacido.

Hay quienes dicen que los hijos vienen al mundo a complementar a su padres, a permitirles que revelen sus estados interiores;quizás la misión del mío sea la de rejuvenecerme. De hecho, el anuncio de su llegada me envió de vuelta a una adolescencia excitada y conflictiva. Volví a consumir drogas que no probaba desde la adolescencia, me emborraché mucho más consistentemente, peleé por celos y traicioné una fidelidad que había logrado sostener por años. Así fui rompiendo uno a uno los pilares de lo que se suponía iba a ser mi porvenir y el de mi familia.

El día en que mi ahora ex esposa me dijo que seríamos padres, yo estaba a punto de cumplir treintaicinco años. Fue en el mes de agosto, el mismo mes en que vi por primera vez la portada de mi primer libro, que sería presentado en septiembre. Un libro dedicado a la vida de mi padre, que había fallecido un par de años antes.

Para ese momento, ya había sembrado un árbol, con el que mi hermano, mis familiares y yo enterramos las cenizas de mi viejo. Así, el cliché tridentino de las cosas importantes que había que hacer en la vida se imprimía en el papel de mi existencia en poco tiempo y a una edad temprana.

Recordé la historia de las constelaciones hace poco, cuando por primera vez advertí en mi hijo de cuatro años una tristeza inexplicable, un llanto incontrolado que no podía nombrar. No supe bien qué decirle y me sentí algo desahuciado, culpable de esas lágrimas. Aparecieron de repente, justo cuando íbamos a dormir y luego de que le apagué alguna serie de dibujos animados que estaba viendo en el televisor.

Un día en la semana duerme conmigo y aunque alguna vez, antes de dormirse, me había pedido que lo llevara a casa de su madre, esta vez me pidió que la llamara por teléfono. En esas ocasiones anteriores había convenido con ella que era mejor que no hablaran para no aumentarle la angustia de la distancia. Generalmente se tranquilizaba cuando le contaba un cuento con un personaje que me había inventado, llamado Bolita, una especie de alter ego de mi hijo, que buscaba aventuras en compañía de sus amigos el tiranosaurio T-Rex y el velociraptor Eira. Por lo general a Bolita le pasaba lo mismo que le había pasado a mi hijo durante el día, pero con la presencia de sus amigos. Él siempre me corregía las acciones y me forzaba a ponerlos en combate contra algún monstruo.

Pensé que esta vez sería bueno que hablara con su madre. Marqué, puse el altavoz y le dejé el celular.

–Tengo lágrimas en los ojos –le dijo.

–¿Por qué mi amor? ¿Qué pasa? –preguntó la madre.

–No sé.

–¿Tienes frío, te duele la barriguita?

–No –dijo sollozando.

–¿Qué te pasa, chiqui, tienes miedo?

–No –ahora lloraba sin consuelo.

No me atrevía a interrumpirlos, ninguna palabra venía en mi ayuda. Sentía que alguien que lloraba así a mi lado no tenía por qué estar allí, acostado en mi cama. Pero salir corriendo en plena noche a llevarlo donde su madre era aceptar una derrota muy dolorosa.

Mi hijo no encontraba ninguna explicación a su llanto o era incapaz de pronunciarla, pero era evidente que tenía que ver con el lugar donde estaba y con quien lo acompañaba.

–Abraza al papá, chiqui, vas a estar bien. Él está a tu lado.

El niño lloraba con más fuerza. Pensé que era tiempo de que nos hundiéramos los dos juntos en ese abismo en que se había convertido la cama. Le dije a ella que trataría de calmarlo, que luego hablaríamos y colgué el teléfono. Supuse que en ese instante mis constelaciones pasadas giraban como un huracán en torno mío, así que le pedí perdón a mi hijo por hacerlo sentir incómodo. Le dije que me hacía muy feliz su presencia, pero que no era necesario que estuviera allí si eso le molestaba, que al otro día hablaría con su madre para que no tuviera que volver a amanecer conmigo. Sentí que algo se rompió y se liberó entre los dos. Como si el huracán nos hubiera enviado a destinos diferentes dentro del mismo remolino.

–¿Me abrazas? –me dijo, intentando dejar de llorar.

–Claro que sí, mi amor –le dije y lo apercuellé y entrepierné como si fuera la única manera de salvarnos y mantenernos unidos.

–¿Me cuentas el cuento cuando Bolita se encuentra con Jack y los frijoles mágicos? –me dijo.

–Muy bien, aquí va, había una vez… Mientras le contaba el cuento con tanto detalle como podía, él se aferraba a mi cuerpo en posición fetal, todavía con la respiración entrecortada. Su espalda encorvada me calentaba el vientre. Intentaba consolarlo con caricias y haciendo énfasis en las partes del cuento en las que Jack emprende ese viaje a las alturas para demostrarle a su madre que pueden cambiar un futuro incierto.

No dejaba de pensar en lo que le diría a la madre al otro día y en cómo renunciaría yo a que él se quedara a dormir conmigo, aunque solo fuera un día a la semana. Podría ser el quinto círculo de mis constelaciones, pero cada vez más me sentía girando en torno suyo, alimentándome con su calor. Sentía que me podía abandonar, y eso me aterrorizaba. No sabía bien quién era más frágil en ese momento. Si fuéramos dos muñequitos tipo Lego, seguramente seríamos del mismo tamaño, pequeñitos y en posición fetal. Esas lágrimas sin explicación de mi hijo resumían bien lo que estábamos sintiendo: un temor inexplicable a algo desconocido.

Recordé entonces a Fred Rogers, el reconocido presentador estadounidense de programas infantiles cuando hablaba de los “dramas internos de la infancia”. Dramas con los que quizás nunca dejaremos de enfrentarnos.


Fuente – Diario Clarín

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