El sobrepeso crónico puede llevar a problemas como hipertensión o diabetes.

Eche un vistazo a su alrededor y probablemente verá a muchas personas pasadas de peso u obesas. Quizá usted es una de ellas y piensa, “está bien. No soy diferente a los demás, entonces ¿qué caso tiene librar otra batalla perdida más contra el sobrepeso?”.

No está solo. Una forma sutil de presión social convenció a muchos de que es aceptable ser significativamente más pesado que los rangos de peso “normales” listados en una tabla de índice de masa corporal (IMC) o de estatura-peso de un médico.

Renuncian a las dietas y se exponen a enfermedades.

Mary A. Burke, economista del Banco de la Reserva Federal de Boston, quien estudia las normas sociales, estuvo involucrada en un estudio en 2010 que halló que una creciente proporción de adultos con sobrepeso —el 21% de las mujeres y el 46% de los hombres (comparado con el 14% y el 41%, respectivamente, en los años ’90)— considera su peso “más o menos bien”. Y un estudio publicado en la revista JAMA el año pasado encontró que menos adultos con sobrepeso u obesos trataban de perder el exceso de peso.

Los expertos en salud pública temen que esta tendencia hacia la“aceptación de la gordura” sea un mal pronóstico para el bienestar futuro y los costos, ya altísimos, de los padecimientos crónicos relacionados con el sobrepeso como las enfermedades cardíacas, la hipertensión, la diabetes tipo 2 y más de una docena de tipos de cáncer. Como escribió Burke en una edición reciente de JAMA dedicada a la obesidad, los profesionales médicos y de la salud pública temen que “los individuos que no creen que tienen sobrepeso, o que ven la obesidad de forma positiva, tengan menos probabilidades de buscar un tratamiento para bajar de peso”.

En una editorial en JAMA, Edward H. Livingston, cirujano bariátrico en la Escuela de Medicina Southwestern de la Universidad de Texas, sugirió que tal vez un mensaje diferente —uno que aliente el acondicionamiento físico— haría más para mejorar la salud de los pacientes “que seguir aconsejando la pérdida de peso cuando ese mensaje es ignorado cada vez más”.

Durante varias décadas, las dietas comerciales para bajar de peso, desde la Dieta del Hombre Que Bebe hasta la Dieta Atkins baja en carbohidratos, cada una de las cuales afirmaba ser la mejor manera de deshacerse de la grasa indeseada con un sacrificio mínimo o nulo del sabor y la saciedad, tentaron a los que batallaban con el aumento de peso. Sin embargo, la mayoría involucraba un cambio radical en los hábitos de comer de las personas que rara vez era sostenible. Tras cierto tiempo, la gente a dieta volvía a sus viejos hábitos.

Como declaró Livingston, “dar a los pacientes la falsa esperanza de que bajarán de peso si sólo reducen una clase de alimentos u otra (por ejemplo, los carbohidratos o las grasas) puede volverse frustrante, y puede en parte explicar el fracaso de la mayoría de las dietas”.

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